La Vida Oculta de Jesús

 

     
  Al rezar el Credo profesamos con toda claridad los misterios de la Encarnación (concepción y nacimiento de Cristo) y de la Pascua (pasión, crucifixión, muerte, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión); pero no se explicita la vida oculta ni la vida pública. El Evangelio, en cambio, presta atención -más brevemente- a los misterios de la infancia y vida oculta, en la que sobresale lo que Jesús hizo y enseñó.

    Pero el cristiano ha de imitar la vida de Jesús y es importante conocerla por entero: los treinta años que vivió en Belén, Egipto y Nazaret y los tres años que pasó predicando el reino de Dios; su doctrina, sus milagros, su amor a los hombres que le llevó a la pasión y muerte, hasta resucitar y subir a los cielos.

La vida de Jesús, una continua enseñanza

    El que conoce bien la vida de Nuestro Señor Jesucristo sabe que toda ella fue una continua enseñanza: su ocultamiento, su obediencia, su trabajo, sus milagros, su oración, su amor por los hombres, su predilección por los más pequeños y los pobres, la aceptación total del sacrificio en la cruz para la salvación del mundo, todo cuanto hizo.

El nacimiento de Jesús en Belén

    Como habían predicho los profetas, Jesús nació en Belén de Judá después de siglos de preparación. Dios enviaba a su Hijo, nacido hombre de las entrañas purísimas de la Santísima Virgen, para salvar a todos y mostrarnos el camino que conduce al cielo. Nació en un establo humilde, de una familia pobre, dándose a conocer a unos sencillos pastores que fueron los primeros en adorarle. Son lecciones de humildad, de pobreza, de sencillez..., que todos los cristianos hemos de aprender y seguir.

El gran acontecimiento de la Navidad

    El evangelio cuenta el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de dios hecho hombre, con esta sencillez: "Aconteció en aquellos días que salió un edicto de César Augusto para que se empadronase todo el mundo (...) José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba en cinta. Estando allí, se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón" (Lucas 1,1-7). Cada año, el 25 de diciembre, celebramos la Navidad y los acontecimientos relacionados con ella: la Sagrada Familia (domingo después de Navidad), la Solemnidad de Santa María Madre de Dios (1 de enero) y la Epifanía del Señor (6 de enero).

Los misterios de la infancia de Jesús

    Los grandes acontecimientos o misterios de la infancia de Jesús son:

    a) La Circuncisión, al octavo día de su nacimiento, como se hacía con los niños judíos; era una ceremonia que prefiguraba el bautismo.

    b) La Epifanía o manifestación de Jesús como Mesías de Israel, que celebra la adoración de los Reyes Magos.

 
     
    c) La Presentación de Jesús en el Templo. En cumplimiento de la ley de Dios, María y José presentaron a Jesús en el templo de Jerusalén, cuarenta días después del nacimiento; la madre -en este caso la Virgen María- cumplía con la ley de la purificación. María no estaba obligada por ser virgen y sin mancha de pecado, pero quiso someterse en todo a la ley de Dios.  
         
    d) La Huida a Egipto y la matanza de los Inocentes. Desde el principio Jesús fue perseguido, y los cristianos de todos los tiempos sufren también persecución y martirio.  
     
  La vida oculta de Jesús

    La mayor parte de su vida Jesús vivió como la inmensa mayoría de los hombres: una vida corriente sin aparente importancia, vida de trabajo, la vida religiosa sometido a la ley de Dios, vida de comunidad en su pueblo con los parientes, amigos y conocidos. El Evangelio dice que Jesús obedecía a sus padres y progresaba en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres. Sólo el acontecimiento de la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo, a la edad de doce años, que narra San Lucas, rompe la aparente monotonía de la vida oculta, llena por otro lado de sentido y enseñanzas.

Treinta fueron los años vividos por Jesús como uno más entre sus contemporáneos. A esos treinta años se les suele llamar la vida oculta, en contraste con los tres años de vida pública de su mesianidad llenos de manifestaciones extremas y de su divinidad.

¿Fue acaso el largo tiempo vivido por Jesús en Nazaret un tiempo de preparación cuidadosa para los intensos tiempos de predicación que vendrían después? No parece que haya sido así, ya que nos habría quedado de ello un rastro, aunque fuera pequeño; más bien nos ha quedado la reacción sorprendida de los que convivieron con El, que no se explican ni sus palabras, ni sus acciones extraordinarias. Si no fue un tiempo de preparación ¿Será sólo un tiempo de espera? ¿O, quizá un tiempo perdido?.

Más bien se puede decir que de una manera silenciosa Dios está hablando calladamente en la vida oculta de Jesús. El Beato Josemaría Escrivá de Balaguer reflexiona sobre estos años silenciosos y declara con lucidez: Permitidme que vuelva de nuevo a   la ingenuidad, a la sencillez de la vida de Jesús, que ya os he considerado tantas veces. Esos años ocultos del Señor no son algo sin significado, ni tampoco una simple preparación de los años que vendrían después: los de su vida pública. Desde 1928 comprendí con claridad   que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brillo. Obedecer a la voluntad de Dios es siempre, por tanto, salir de nuestro egoísmo; pero no tiene por qué reducirse principalmente a alejarse de las circunstancias ordinarias de la vida de los hombres, iguales a nosotros por su estado, por su profesión. Por su situación en la sociedad.

El Concilio Vaticano II también da luces para entender con mayor profundidad el modo de actuar de Jesús durante esta época, pues al enseñar que en Cristo culmina la revelación, dice: El, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre  todo   con  su   muerte  y   gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a su plenitud toda la revelación y la confirma con testimonio divino.

 
     
 

 
 

Bautismo de Jesús

 
     
 

María en la vida oculta de Jesús

Catequesis de Juan Pablo II durante la audiencia general del miércoles 29 de enero de 1997

 

1. Los evangelios ofrecen pocas y escuetas noticias sobre los años que la Sagrada Familia vivió en Nazaret. San Mateo refiere que san José, después del regreso de Egipto, tomó la decisión de establecer la morada de la Sagrada Familia en Nazaret (cf. Mt 2, 22-23), pero no da ninguna otra información, excepto que José era carpintero (cf. Mt 13, 55). Por su parte, san Lucas habla dos veces de la vuelta de la Sagrada Familia a Nazaret (cf. Lc 2, 39 y 51) y da dos breves indicaciones sobre los años de la niñez de Jesús, antes y después del episodio de la peregrinación a Jerusalén: "El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (Lc 2, 40), y "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52).

Al hacer estas breves anotaciones sobre la vida de Jesús, san Lucas refiere probablemente los recuerdos de María acerca de ese periodo de profunda intimidad con su Hijo. La unión entre Jesús y la "llena de gracia" supera con mucho la que normalmente existe entre una madre y un hijo, porque está arraigada en una particular condición sobrenatural y está reforzada por la especial conformidad de ambos con la voluntad divina.

Así pues, podemos deducir que el clima de serenidad y paz que existía en la casa de Nazaret y la constante orientación hacia el cumplimiento del proyecto divino conferían a la unión entre la madre y el hijo una profundidad extraordinaria e irrepetible.

2. En María la conciencia de que cumplía una misión que Dios le había encomendado atribuía un significado más alto a su vida diaria. Los sencillos y humildes quehaceres de cada día asumían, a sus ojos, un valor singular, pues los vivía como servicio a la misión de Cristo.

El ejemplo de María ilumina y estimula la experiencia de tantas mujeres que realizan sus labores diarias exclusivamente entre las paredes del hogar. Se trata de un trabajo humilde, oculto, repetitivo que, a menudo, no se aprecia bastante. Con todo, los muchos años que vivió María en la casa de Nazaret revelan sus enormes potencialidades de amor auténtico y, por consiguiente, de salvación. En efecto, la sencillez de la vida de tantas amas de casa, que consideran como misión de servicio y de amor, encierra un valor extraordinario a los ojos del Señor.

Y se puede muy bien decir que para María la vida en Nazaret no estaba dominada por la monotonía. En el contacto con Jesús, mientras crecía, se esforzaba por penetrar en el misterio de su Hijo, contemplando y adorando. Dice san Lucas: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2, 19; cf. 2, 51).

"Todas estas cosas" son los acontecimientos de los que ella había sido, a la vez, protagonista y espectadora, comenzando por la Anunciación, pero sobre todo es la vida del Niño. Cada día de intimidad con él constituye una invitación a conocerlo mejor, a descubrir más profundamente el significado de su presencia y el misterio de su persona.

3. Alguien podría pensar que a María le resultaba fácil creer, dado que vivía a diario en contacto con Jesús. Pero es preciso recordar, al respecto, que habitualmente permanecían ocultos los aspectos singulares de la personalidad de su Hijo. Aunque su manera de actuar era ejemplar, él vivía una vida semejante a la de tantos coetáneos suyos.

Durante los treinta años de su permanencia en Nazaret, Jesús no revela sus cualidades sobrenaturales y no realiza gestos prodigiosos. Ante las primeras manifestaciones extraordinarias de su personalidad, relacionadas con el inicio de su predicación, sus familiares (llamados en el evangelio "hermanos") se asumen -según una interpretación- la responsabilidad de devolverlo a su casa, porque consideran que su comportamiento no es normal (cf. Mc 3, 21).

En el clima de Nazaret, digno y marcado por el trabajo, María se esforzaba por comprender la trama providencial de la misión de su Hijo. A este respecto, para la Madre fue objeto de particular reflexión la frase que Jesús pronunció en el templo de Jerusalén a la edad de doce años: "¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc 2, 49). Meditando en esas palabras, María podía comprender mejor el sentido de la filiación divina de Jesús y el de su maternidad, esforzándose por descubrir en el comportamiento de su Hijo los rasgos que revelaban su semejanza con Aquel que él llamaba "mi Padre".

4. La comunión de vida con Jesús, en la casa de Nazaret, llevó a María no sólo a avanzar "en la peregrinación de la fe" (Lumen gentium, 58), sino también en la esperanza. Esta virtud, alimentada y sostenida en el recuerdo de la Anunciación y de las palabras de Simeón, abraza toda su existencia terrena, pero la practicó particularmente en los treinta años de silencio y ocultamiento que pasó en Nazaret.

Entre las paredes del hogar la Virgen vive la esperanza de forma excelsa; sabe que no puede quedar defraudada, aunque no conoce los tiempos y los modos con que Dios realizará su promesa. En la oscuridad de la fe, y a falta de signos extraordinarios que anuncien el inicio de la misión mesiánica de su Hijo, ella espera, más allá de toda evidencia, aguardando de Dios el cumplimiento de la promesa.

La casa de Nazaret, ambiente de crecimiento de la fe y de la esperanza, se convierte en lugar de un alto testimonio de la caridad. El amor que Cristo deseaba extender en el mundo se enciende y arde ante todo en el corazón de la Madre; es precisamente en el hogar donde se prepara el anuncio del evangelio de la caridad divina.

Dirigiendo la mirada a Nazaret y contemplando el misterio de la vida oculta de Jesús y de la Virgen, somos invitados a meditar una vez más en el misterio de nuestra vida misma que, como recuerda san Pablo, "está oculta con Cristo en Dios" (Col 3, 3).

A menudo se trata de una vida humilde y oscura a los ojos del mundo, pero que, en la escuela de María, puede revelar potencialidades inesperadas de salvación, irradiando el amor y la paz de Cristo.